La Voz del Lago Logan - lunes 90 de diciembre de 1999


El rincón de la memoria

El itinerario criminal del asesino Garcilazo

El macabro resultado de uno de sus crímenes, expuesto en el museo Delleprado
 

Hoy les narraré la historia de Garcilazo Abedul, afamado asesino del Lago Logan en los años 50. La ferocidad de sus crimenes, la cuidada selección de sus víctimas, la asombrosa sagacidad felina para huir de la policía y su cara de pelotudo olímpico, lo hicieron merecedor de un oscuro sitio en nuestra historia, junto al infame Chulo Navaja, apresado en 1995.

Una noche de 1954 un pescador alertó a la policía que algo extraño estaba ocurriendo en el muelle. La policía encontró, al llegar al muelle, los cadáveres de un pescador y de una obesa mujer flotando en torno al muelle, lo que quedaba de su boca estaba enganchada al anzuelo de la caña del pescador. Para terminar de configurar una escena de espanto, los agentes encontraron un detalle macabro: seis peces muertos en un balde a los pies del pescador. El crimen sacudió a la sociedad loganiense como nunca antes desde el terremoto de 1916.

Al día siguiente en el lugar del crimen apareció una nota firmada por un tal Garcilazo Abedul adjudicándose el homicidio y aclarando: "No me busquen en el muelle. Nadie es tan tonto para regresar a la escena del crimen". A partir de ese momento los investigadores comprendieron que no estaban persiguiendo a un simple aficionado.

Dos meses más tarde, en pleno centro de la ciudad, se encontró un brazo. En la cuadra siguiente el otro. Colgando de un farol se halló la cabeza, y en un baldío cercano, el resto del cuerpo menos la pierna izquierda. Semioculta en el ano del cadáver, la policía encontró una nota de Garcilazo: "No busquen la pierna izquierda porque ya no la tenía antes de que yo lo amasijara".

Mientras la policía seguía sin dar con una pista, Garcilazo se despachaba un asesinato por mes. El 8 de octubre de 1955, un verdulero de San Dóval fue hallado sin vida, relleno con repollos. Sobre el delantal blanco, un mensaje decía: "A éste le tenía bronca. Siempre me cagaba con la balanza y además vendía fruta podrida. Le hice un bien a la sociedad mas no espero recompensa". La firmaba Garcilazo.

Una agotadora discusión se entabló entre los investigadores acerca de qué es lo que la sociedad considera como bien, fundamentando sus opiniones en Platón, Aristóteles y los escritos del Palanca de Cambios, mientras chupaban unas naranjas que no parecían muy podridas. Luego de coincidir en que la carrera de tortugas del domingo la ganaría Matilde por varios caparazones de ventaja, comprendieron que se hallaban frente una importante pista y también frente una pizzería, en donde entraron para discutir el caso en compañía de unas grandes de muzza.

La hipótesis era que si Garcilazo era cliente de la verdulería, debía por ende ser vecino del barrio. De pronto, entremezclada en el queso de una porción de calabresa, descubrieron una nota en la que Garcilazo, en prosa muy simpática, les informaba que de no concurrir a un hospital en el lapso de una hora morirían retorcidos de dolor por el veneno que había diseminado en el queso. La nota finalizaba diciendo "pasen la voz a los de las otras mesas que no tengo tiempo para andar escribiendo al pedo". Ese día es conocido como la masacre de la pizzería Don Roque, ya que, debido al tránsito, veintisiete personas no llegaron a tiempo al hospital. Por supuesto, Don Roque tuvo que cerrar y nunca más volvió a comer pizza.

Mas el final de Garcilazo estaba cerca. Miles de policías patrullaban el barrio de San Dóval, en tanto los pobladores, presos del pánico y también presos políticos, abandonaban el área con sus casas a cuesta; años después, sobre sus amplias calles vacías se edificaron suntuosos chalecitos, y el barrio San Dóval se convirtió en el barrio adinerado de Logan City.

Pero volvamos a la noche del éxodo. Finalmente, una sola casa quedó en pie en San Dóval y fue sitiada por 2374 policías. Luego de horas de tensa espera, en la que le fue exigido que se rindiera y se entregara (incluso le fue prometido que si lo hacía sin ofrecer resistencia lo dejarían en libertad), los agentes tomaron la casa por asalto. Treinta y cuatro uniformados murieron en la primera estocada al chocar contra la puerta. Una vez abierta, los 2340 restantes ingresaron en la modesta vivienda. Luego de echar a todos porque se hacía imposible buscar a Garcilazo entre tanta gente, el inspector en jefe constató que el asesino no estaba allí pero había dejado otra de sus notas. "Me fui de vacaciones a la isla de Java. Por favor, ya que está ahí riégueme los potus".

Al día siguiente, Garcilazo Abedul aparecía entre la nómina de 568 víctimas de un crucero hundido en el Pacífico. Dice la leyenda que en un bolsillo de su saco se encontró la que sería su última nota: "El barco lo hundí yo," decía, "por no encontrar otro modo más rápido y efectivo de matar a todos estos infelices que viajaban conmigo". Se acababa de esta forma una vida criminal.

Espero, amiguitos, que hayan disfrutado este hermoso relato y les recuerdo que desde el mes pasado ya pueden conseguir los dos tomos de las notas completas de Garcilazo en las mejores librerías.

 

Herutito de Lago Logan
Historiador y trompetista de la banda del geriátrico "El Ocaso"