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Un hondo pesar recorrió hoy la comunidad delictiva del Lago Logan y las altas esferas gubernamentales. Aníbal Castillo, ex presidiario, ex líder de la secta del Cacique Taparió, ex acordeonista a piano, ex prófugo de la justicia, falleció el sábado a la noche fulminado por un rayo, mientras rezaba bajo una tormenta. Se había fugado del Penal de Tiro Libre hacía una semana, con tanto sigilo que ni siquiera sus compañeros de celda notaron su ausencia.
Un felino, una sombra. Así era Castillo, un convicto asiduo. Había sido apresado por última vez en la ciudad de Baltimor, donde lo habían encontrado animando una fiesta de marineros gays con su acordeón. De allí al Penal de Tiro Libre y de allí al monte en que pereció el sábado, fulminado por un rayo celestial.
Así era este maestro de la estafa y el engaño que tantas veces había burlado a los agentes del orden. El mismo que en 1995 sedujo y condujo a la muerte a 2000 personas. Y todo porque había tenido una visión.
Dios le había dicho -aseguraba Castillo- que para que el número 17 saliera en la quiniela, 2000 personas debían morir ahogadas en el Lago. Y Castillo fundó la secta del Cacique Taparió y consiguió 2000 seguidores. Gracias a ellos se hizo millonario.
La policía lo buscó. Nunca se supo si para apresarlo o para pedirle consejos. Pero nunca lo encontraron hasta el episodio de Baltimor.
Así era Castillo. Recio y tatuado, músico y ladrón, amante de la buena cocina y de las hermosas damas. Así era este hombre, carismático, místico, en permanente relación con la divinidad. Desde las páginas de este periódico se difundieron sus hazañas, que hicieron las delicias de abuelas y nietos en las ediciones de la tarde, allá por los tiempos en que los diarios se publicaban en papel.
Así era este personaje de la fauna loganiense, tan admirado como temido, tan odiado como amado.
Cuentan los últimos que lo vieron que en sus días finales se había recluido en si mismo.
Hace una semana que se había escapado, nadie sabe todavía cómo. Llegó hasta las afueras de la ciudad en una camionetita del año 28 que le había canjeado a un campesino por uno de los botones de su traje a rayas de presidiario. Con ese traje a rayas se arrodilló y meditó. Con ese traje oró bajo la lluvia la noche del sábado. Con ese traje inició el viaje final.
Sus restos estaban calcinados, si es que eran sus restos.
Así era Castillo, un hombre del Lago Logan. |