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En el mundo los consideran extinguidos; en nuestra subdesarrollada provincia de Nalotapia, en cambio, los saurópodos son considerados plaga. Ante la imposibilidad de su explotación comercial, el gobierno nalotapio ha decidido hacerlos explotar en pedazos, para que estos bichos enormes y desagradables dejen de causar dolores de cabeza a los desconsolados ciudadanos.
"Yo que vivo en el quinto piso por prescripción médica, tengo que soportar que estos cosos me coman los helechos del balcón", cuenta indignada Helena Verti, una vecina nalotapia. "Encima cuando salgo en bolas de la ducha siempre tengo a alguno de estos bichos que asoma la cabeza para espiar. Ya ni me puedo bañar," afirma la misma vecina, haciendo sentir su furia y su indisimulable olor a chivo.
Y aunque en Nalotapia no nieva merced al decreto 613/83 que prohíbe terminantemente este fenómeno climático, sus habitantes se ven expuestos a los mismos inconvenientes que tenían antes del decreto. "Yo no pude salir de mi casa por tres semanas", se queja el ex docente Artemio Freinchmastervelden, conocido en el barrio como Temo". "Resulta que un bicho de estos me taponó la puerta con sus inmundicias. Perdí mi trabajo, mi dignidad y el sentido del olfato".
La explotación comercial de los saurópodos resulta inviable, dado que su tosca piel resulta poco atractiva para la industria del calzado, y su carne tiene un gusto desagradable que los degustadores que sobrevivieron a la prueba compararon al kerosén. "Si la naturaleza no sirve al hombre, entonces no sirve", expresa Temo, que desde que perdió el trabajo se viene ganando la vida escribiendo aforismos. Su decir sintetiza el sentir popular que llevó a los vecinos a organizar brigadas de francotiradores para acabar con la plaga, las cuales si bien fracasaron, al menos crearon una sólida conciencia cívica en favor del uso ilimitado de la violencia hacia todo aquello que perturbe nuestro modo de vida o hacia aquello que no podemos explicar.
Puestas así las cosas, los funcionarios nalotapios trazaron un ambicioso plan de exterminio, consistente en hacer chocar un asteriode contra la Tierra para provocar un colosal cataclismo que enfriara el planeta por un buen tiempo y condenara a estos animales al exterminio. "El plan era perfecto, incluso encontramos muy aceptables los posibles daños colaterales", explica el comandante Saginatti, "a lo sumo, pasarían un par de eras geológicas hasta que pudiera restablecerse la civilización. Pero pasó lo de siempre, nos recortaron el presupuesto y tuvimos que dejar el proyecto en un cajón, junto con tantos otros sueños que nunca se cumplirán. ¿Qué será del futuro de la humanidad si los vaivenes de las finanzas siguen poniendo palos en la rueda del progreso?"
Al cierre de esta edición se había resuelto poner en práctica un plan más modesto, bautizado "fire in the hole" por su mentor John Doe, mecánico dental llegado al Lago Logan hace ocho años, en los cuales no ha aprendido una sola palabra de nuestra lengua. Su teoría, que se ha revelado correcta, es que los saurópodos saben a kerosén porque, de hecho, están llenos de kerosén. En consecuencia, basta ponerles una mecha en la boca o en el ano para hacerlos reventar.
Helena Verti ya no tendrá que lamentar que le coman los helechos del balcón, aunque tal vez le tome un buen rato limpiar los cachos de brontosaurio esparcidos en sus canteros.
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Lo más molesto es que cruzan la calle por cualquier lado
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