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Palmira Palmer estaba angustiada. Años de duro entrenamiento para ser un ama de casa perfecta se desmoronaban ante ella. De nada le valía ya el record nacional de “Barrido y Baldeo de Patio con Obstáculos” que logró en 1996 si su familia la menospreciaba. El problema de Palmira era que su familia ya ni le probaba la comida. Y esto, más que un rechazo, para Palmira equivalía a discriminación lisa y llana. Así que juntó coraje y se apersonó en el juzgado para blancos del Comité Federal Anti-Discriminación para radicar una denuncia penal contra su esposo y sus tres hijos adolescentes.
“Eso que ella cocina no es comida. Sabe a excremento”, atacó el marido en el juicio. “¿Qué sabrá, Sr. Juez? ¿Qué sabrá? Si mi esposo nunca comió excremento ¿Cómo puede comparar?” contraatacó la señora Palmer. Finalmente se citó a un perito al estrado y se le hizo probar una muestra de excremento y un plato de pasta preparado por la denunciante. El gesto del perito resultó más que convincente para el juez, quien falló de inmediato en favor del marido y los hijos, y prohibió a la señora Palmer acercarse a menos de seis metros de la cocina.
“Como el departamento es chico, ahora tengo que dormir en el ascensor”, cuenta Palmira, mientras le marca el noveno piso a un petiso que no llega al botón y que ya demandó por discriminación al fabricante del ascensor y también perdió el pleito con el mismo juez.
“Dicen que no es un juez imparcial. Que en el fondo discrimina. A mi no me parece”, lo defendió Salomón, el amigo judío del juez.
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Palmira, poniendo una cubetera en el congelador para hacer cubitos. Dicen que hasta eso le salía con gusto a mierda.
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